Desde que dejaron Thies, las mujeres no habían dejado de cantar. En cuanto un grupo dejaba morir el estribillo, otro lo retomaba, y nuevos versos nacían al azar, por pura inspiración, una palabra llevando a la otra y encontrando cada una, a su vez, su ritmo y su lugar. Ya nadie sabía con certeza dónde empezaba la canción, ni si tenía un final. Se extendía a lo largo de su propia extensión, como el movimiento de una serpiente. Era tan larga como una vida.
OUSMANE SEMBÈNE, Los trozos de madera de Dios, 1960.